El sacristán

El sacristán

Escrito por Maricarmen García Ibáñez


—Es un lindo día para un exorcismo— exclamé frente al espejo, que adornaba la pared, mientras distorsionaba la voz y torcía las facciones del rostro. Trataba de imitar lo que hiciera Linda Blair en El exorcista.

            Después de mi excelente interpretación de un poseído por el demonio, procedí a ataviarme con la sotana del padre.

            —¡El Señor te ordena que salgas del cuerpo de esta niña! ¡El Señor te ordena que salgas del cuerpo de esta niña!

            Dentro de la iglesia, me sentía libre de hacer ese tipo de tonterías; más bien, protegido. El demonio jamás entraría en una iglesia y, además de eso, yo no estaba muy seguro de que existiera; al menos, hasta ese momento.

            El padre me había dejado solo para ir a atender a un hombre que agonizaba. Él escucharía todos sus errores y después le otorgaría el perdón; nada más fácil que eso: pasar toda una vida pecando, retractarse en el último momento y entrar al cielo como si nada.

            El mutismo sepulcral que reinaba en la abadía se vio interrumpido por una floja y escurrida lluvia. Sus enormes gotas rebotaban en los vidrios de las ventanas. Los rayos metálicos parpadeaban entre los nubarrones e iluminaban la iglesia con luces púrpuras y magentas.

            De pronto, unos desesperados golpeteos contra la puerta me hicieron volver la mirada hacia ésta. ¿Quién podía ser en medio de esa tormenta?, pensé. Con tantos aprovechados rondando las calles, no estaba seguro de querer abrir.

            —¡Abran, por el amor de Dios, abran! —exclamó una voz de mujer del otro lado de la puerta. Supuse que era  ella quien tocaba con tanta insistencia.

            Ante su desesperación por entrar, no tuve más remedio que abrir la puerta. Cuando estuvimos frente a frente,  me miró sin borrar de su faz ese gesto de sufrimiento que llevaba dibujado en los ojos y en la boca; su largo cabello lacio le cubría la cara como si fuera una red.

            —¿Podemos pasar? —preguntó mirando de soslayo al interior de la iglesia.

            —Seguro —le respondí y le indiqué el camino con el brazo.

Tal fue mi impresión al verla, que no me fijé que un hombre venía con ella. Mucho menos me percaté de la terrible condición en la que se encontraba su acompañante.

            —Es mi papá —aclaró ella cuando vio que yo no le quitaba los ojos de encima.

            —Es un placer —me extrañó que me besara la mano cuando la estiré para estrechar la suya. Luego recordé: ¡Claro! Me había puesto la sotana del padre para interpretar la parte en que Merrin expulsa al demonio del cuerpo de Regan.

            —Padre, ¿cree que podría prestarme algo para secarme? —me preguntó ella quitándose el chal.

            —Claro pero yo no…

            —Por favor escuche a mi papá; le suplico que lo ayude. El pobre viene muy mal.

            Realmente se veía desesperada; ambos lo estaban. Necesitaban consuelo, y no, un idiota que les dijera: “No soy sacerdote. Soy el sacristán vistiendo las faldas del padre”.

            —Tal vez debas ir a la sacristía mientras converso con tu padre; ahí encontrarás una toalla.

            —Gracias.

            —Pasa, hija.

            Y sin duda que necesitaba consuelo. La facha de ese hombre era impresionante. Estaba completamente calvo, con la cabeza llena de raspones, moretes, quemaduras y rasguños horribles que aún sangraban. Estaba flaco y encorvado.

            Un incesante temblor no abandonaba sus rodillas, y sus manos, me da escalofríos recordarlas, ya no tenían uñas. En su lugar había en sus dedos una horrenda masa sanguinolenta. Lo mismo pasaba con los dedos de sus pies. Además, venía empapado por la lluvia.

            No podía pedirle que fuéramos al confesionario, ¿cómo se suponía que iba a hincarse? Traía las rodillas destrozadas.

            —Siéntate —le dije, dirigiéndome a una de las bancas.

            —Gracias.

            Se sentó a mi vera y dejó escapar un suspiro.

            —¿Ya estás más tranquilo…, hijo?

            —Sí, padre, gracias.

            —Ahora dime ¿qué pasó?

Sus cejas se fruncieron y dejaron caer un par de lágrimas, que rápidamente se limpió con el dorso de la mano.

            —¿Vio usted a mi hija? Le pedí que me acompañara a la iglesia porque quería confesarme… tenía mucho miedo de salir solo…

            —¿Miedo de qué?

            —Del diablo —respondió él y bajó un poco la voz.

            —¡Del diablo! —me fue inevitable disimular que había sentido miedo.

            —He pecado, padre. He sido un hombre terrible…

            —¿Pero qué fue lo que hiciste?

            —Que haya venido a confesarme fue un decir. No me alcanzaría la vida para relatarle el interminable desfile de maldades y bajezas de las que he sido capaz pero he recibido mi castigo. El problema es que antes de eso, hice sufrir a mucha gente; en especial, a mi familia.

            La sinceridad de sus palabras dejaba al descubierto su claro arrepentimiento.

            Sin más ambages, comenzó su terrible relato:

            —Dejé mi almuerzo en la mesa mientras iba a lavarme las manos, y cuando regresé, el gato ya había dado cuenta de él. Estaba encaramado, sobre la servilleta, devorando el platillo.  Como siempre, la ira se apoderó de mí y en una rabieta incontrolable, comencé a gritarle a mi esposa para reclamarle el no haber cuidado mi almuerzo. Apenas la sentí a mis espaldas, me volví hacia ella y le di un golpe tremendo en la cara. Quería desbaratarla pero antes de que pudiera hacer cualquier cosa, tocaron a la puerta.

            —¿Quién? —cuestioné sin dejar mi rabieta pero nadie me respondió. Pregunté un par de veces más con el mismo mal modo de antes y lo mismo.  Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando vi que la puerta se abrió sola y en seguida entraron tres jóvenes altos, elegantemente vestidos —físicamente iguales— y muy bien parecidos.

            —¿Y ustedes quiénes maldita sea son? ¿Cómo se atreven a entrar en mi casa?

            —Yo soy el Diablo —respondieron los tres al unísono sin dejar de mirarme.

            Mi mujer inmediatamente se puso de pie y se aferró a mí con ambos brazos. Entonces, el pánico se apoderó de los dos.

            —¡Virgen santísima! Glorifica mi alma al Señor… —rezó mi esposa poniendo como escudo la señal de la cruz.

—No se moleste, señora —interrumpió uno de ellos—. Eso no será necesario porque como dicen por ahí que lo que no es de Dios es del Diablo… —se dirigió hacia mí sonriéndome con una maligna complicidad—. Usted es de los nuestros ¿verdad?

            No podía creer lo que estaba ocurriendo. Ella hizo un segundo intento por ahuyentarlos con rezos pero todo fue inútil.

—Ya le dijimos que no se moleste —profirió uno de ellos mirándola con gran determinación—. Es precisamente por mandato del Señor que estamos aquí para llevarnos a su esposo.

            —¡Vámonos! —ordenó el chico a los otros dos y me tomaron cada uno de un brazo.

            —¡No, no por favor! ¡Por el amor de Dios, no se lo lleven, no se lo lleven…! —suplicaba mi esposa con sus labios, aún sangrando luego del golpe que le di. Pero de nada sirvieron sus ruegos. Me arrebataron de sus brazos y me llevaron afuera.

            Al salir de la casa, ya no vi la calle. De pronto, nos encontramos en un terreno arenoso, como desierto, con algunas nopaleras y magueyes. También había cerros casi carentes de vida vegetal.

            Horribles garras brotaron de los dedos de los tres, con las que me rasguñaron hasta que ya no les fue posible hacerlo. Desprendieron mi carne. Pude sentir el filo de sus garras abriéndome cada capa de la piel. Con actitud insolente, se burlaban de mis heridas y de mi dolor. Me patearon hasta cansarse.

            Con la fuerza que me quedaba, me puse de pie y corrí pero era imposible librarme de ellos. Me persiguieron en medio de burlas y crueles risotadas que  retumbaban en mis oídos peor que truenos.

            —¡Por favor ya déjenme! —les gritaba en medio de mi desesperación y miedo.

            Llegué a uno de los cerros y comencé a escalarlo. Creí que tal vez si llegaba a la cima, si lograba pasar al otro lado… vería mi casa, me libraría de ellos y la pesadilla terminaría.

            El camino estaba lleno de piedras, de escorpiones negros y de víboras horribles. Además de que cada vez que estaba por alcanzar la cima, ellos —sin necesidad de escalar el cerro— alargaban sus brazos hasta llegar a donde yo me encontraba. Me ensartaban con sus garras y me bajaban de nuevo arrastrándome por entre las piedras del cerro.

            En esos momentos no puede evitar reflexionar un poco. Pensé en lo sencillo que hubiera sido evitarme ese suplicio si tan sólo me hubiera comportado de otra manera pero el tiempo hubiera no existe. Estaba ahí con el demonio, en el infierno y deseaba la muerte.

            Así por el esfuerzo de tener que escalar el cerro una y otra vez, cuando me di cuenta, mis dedos —ya sin uñas— chorreaban sangre. Estaba completamente calvo, debido a que cuando me bajaban del cerro, me agarraban del cabello para jalarme.

El hombre interrumpió su relato para llorar un poco. El terror se apoderaba de él de nuevo. Luego de un momento continuó:

            —Llegó un momento en que ya no los vi. Creí que se habían ido pero cuando llegué a la cima del cerro, descubrí que los tres estaban ahí esperándome.

            Entonces, decepcionado, descubrí que del otro lado del cerro no había nada diferente a lo que había visto. Era otro desierto infestado de odiosas sabandijas venenosas.

            —¿Qué creías que podías escapar de nosotros?

            —¿Qué, pensabas encontrar flores y pajaritos? No lo creo.

            Pensé que ese era el fin o más bien el principio: el principio de una eternidad condenado al tormento.

            —Como sea. Te tenemos una buena noticia. A pesar de que has sido un maldito, tu familia ha estado rezando por ti y rogándole a Dios que te devuelva con ellos. Así que hemos recibido la orden de dejarte ir pero recuerda que te vamos a estar vigilando…

            Los tres desaparecieron; se fundieron en un horrible remolino que levantó una tremenda cantidad de arena y se alejó perdiéndose en el horizonte. Entonces, caminé sin rumbo, hasta que reconocí la calle y encontré mi casa.

            La misma mirada de asombro que puso usted al verme tenían mi mujer y mi hija cuando llegué.

            —Cielos… —mascullé aunque se me quebraba la voz. El asunto era más grave de lo que me había imaginado. Tenía que decirle que yo no  era sacerdote. Hasta creo que me arrepentí de haberme puesto la sotana para jugar al exorcista. Ahora jamás podría olvidarme de lo que me había contado—. ¿Sabe? Yo estoy muy apenado porque… porque la verdad es que yo no soy el cura de la iglesia… sólo soy el sacristán.

            Pensé que se pondría furioso pero no fue así. Se quedó callado por un momento y luego me preguntó un poco más tranquilo:

            —¿Y esa sotana?

            —Bueno, me la puse para jugar un poco. Por favor discúlpeme. Sólo estaba tratando de ayudar.

—¿Pensó que me iba a enojar? No. La ira es un pecado repugnante, y fue en una de las tantas ocasiones en que me abandoné a ella cuando me llevó el diablo. No lo volveré a hacer nunca. Además, me ha hecho bien conversar con usted. Necesitaba hablar con alguien.

            —¿No habló de esto con su esposa y con su hija?

—No. En cuanto llegué a la casa, sólo las abracé muy fuerte y le pedí a mi hija que me trajera a la iglesia.

            No quería irse. Igual que yo, en la iglesia se sentía seguro. Con la diferencia de que él había visto al demonio en persona, y yo, a una niña vomitando guisantes.

            Su hija fue a reunirse con nosotros y rezamos un poco frente al altar de la Virgen.

            Lo convencí de que regresara a su casa y le prometí que al día siguiente el padre lo recibiría a primera hora. Había logrado calmarlo ¿pero ahora quién me calmaría a mí?

            Cuando se fueron, yo me quedé un rato más a poner todo en su sitio y a apagar las velas. Su relato me dejó impresionado. No quería abandonar la iglesia pero no podía quedarme. Tenía que regresar a mi casa.

            Sentí esa ávida necesidad de tener a alguien al lado, de estar acompañado. Entonces decidí no quitarme la sotana del padre. En esos momentos, ya no la sentí como un disfraz, sino como una protección, como una armadura.

            Salí de ahí esperando ver gente en la banqueta pero no había ni un alma.

            —La tormenta ha ahuyentado a la gente —me dije en un fallido intento de auto consuelo antes de caminar, como caminan los sacerdotes, por la mojada y resbalosa banqueta.

            Recordé que en una ocasión el padre dijo que el demonio era como un perro rabioso, encadenado en la puerta del infierno. Pero que a veces escapa de su cautiverio provocado por los humanos. ¿Vestirme de sacerdote será una forma indirecta de provocarlo?, me pregunté.

 Bajé la vista y, con todo y mi nerviosismo, me puse a rezar.

            Hasta entonces, no había dejado de caminar. Me detuve cuando aparecieron frente a mí tres largas y horribles sombras dibujadas en el piso. Rápidamente me volví hacia atrás pero no había nadie. La calle seguía desierta… Excepto por un pequeño remolino que se formó en la orilla de la banqueta, se alejó y se perdió en el horizonte.

 

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Comentarios: 12
  • #1

    Fernando (martes, 04 septiembre 2012 16:16)

    Es sorprendente la condición del ser humano por sentirse ajeno a ciertas circunstancias, particularmente aquellas que derivan de sus acciones más cuestionables. Lamentable, pero más común, cuando nuestra conciencia cobra sentido de la existencia de nuestro propio infierno. La penitencia y el suplicio, a mi juicio, reflejan el valor y la sensatez con la que cada individuo hace uso de esta conciencia. Excelente trabajo... Trabajaré en mi sotana!

  • #2

    Rayden Ikarus (viernes, 07 septiembre 2012 11:25)

    Interesante lectura.
    Me agrada cuando las letras atrapan al lector y lo mantienen a la espectativa de los acontecimientos, y éste, sin duda, lo hizo.







  • #3

    Zero (viernes, 07 septiembre 2012 14:25)

    Creo que todos llevamos nuestro pequeño infierno a cuestas: los seres humanos somos criaturas capaces de ser verdugos y almas torturadas al mismo tiempo. Pero también podemos ser capaces de volvernos ángeles de otros y a su vez, esos otros se vuelven nuestros ángeles. El infierno o el cielo, se viven en La Tierra, pero por suerte, tenemos la capacidad de trabajar día con día para hacernos una existencia más amena, sólo hay que tener deseos de querer vivir felices.

  • #4

    Zero (viernes, 07 septiembre 2012 14:28)

    Encantada con este relato.

  • #5

    Ram-bo (viernes, 07 septiembre 2012 14:34)

    Bonita historia.

  • #6

    Natalia (viernes, 07 septiembre 2012 17:18)

    Maravillosa historia que nos recuerda que el bien y el mal existen. Siempre creemos que nuestras malas acciones nunca serán castigadas; pero cuando realmente comenzamos a recibir ese castigo volteamos a buscar a nuestro protector y pedir su ayuda y siempre, siempre seremos escuchados... ¡Me atrapó, quiero más! ¡Felicidades!

  • #7

    susycute (lunes, 10 septiembre 2012 11:51)

    Que entretenido relato, grandiosa reflexion para los que no creen que realmente el infierno es lo que vivimos en vida y nos da la oportunidad de cambiar...... grandioso

  • #8

    Ely (lunes, 10 septiembre 2012 14:59)

    Un relato arropado por el clima de esta tarde de lunes, bien hecho. Para Adentrarse en la historia y reflexionar sobre lo que a veces pasamos por alto aunque siempre esté tan cerca.

  • #9

    Mich (lunes, 10 septiembre 2012 21:11)

    Increíble historia, como te envuelve, te atrapa y deseas no llegar a su fin y continuar leyendo.

  • #10

    ingrid (martes, 11 septiembre 2012 13:18)

    Excelente relato, te mantiene al pie de la silla mientras lees, y que buen final

  • #11

    lennys huerta hernandez (jueves, 13 junio 2013 17:04)

    Que hermosa historia a veces nuestra mente nos juega malas pasadas, las acciones nos llevan al borde del abismo o del cielo.
    Por vivencia propias se que realmente existen cosas de oscuridad que causan muchos problemas por eso mas vale mantenerse al limite buscar lo que desconocemos iniciandonos en cosas que no tenemos ni idea lo que mueve.
    Que Dios sea con todos y nos libre del mal.
    <z

  • #12

    Ari (domingo, 20 septiembre 2015 17:31)

    Verdaderamente impresionante. Tu relato me dejó literalmente boquiabierta. Sigue haciendo esta clase de relatos.